Ninguno de estos ocho es la respuesta. Son ocho caminos distintos puestos en la misma mesa para poder descartar con algo enfrente, que es más rápido que discutirlo en abstracto.
Todos salen del mismo motor, así que todos heredan la trama de puntos y el registro corrido. Si mañana se cambia el par de tintas, los ocho cambian solos.
Esta es la prueba que importa y casi nunca se hace a tiempo. Un logo se aprueba en una pantalla de veintisiete pulgadas y luego vive en una etiqueta de dos centímetros pegada a una bolsa. Los que aquí abajo siguen siendo reconocibles son los que de verdad están en la competencia.
Iván no va a mandar hacer serigrafía fina. Va a mandar etiquetas y un sello. El signo que sólo funciona en alta resolución está descartado aunque se vea mejor aquí.
Si para aplicarlo hace falta un diseñador cada vez, no va a sobrevivir al tercer mes. Tiene que poder estamparlo él.
La categoría está llena de hojitas verdes y letras redonditas. Cualquiera de estos ocho que se pueda confundir con eso pierde el trabajo que ya hizo Felipe tocando puertas.