Lo que hace un niño de cinco o seis años cuando le piden que dibuje a un niño, con todo lo que eso trae: la cabeza del tamaño del cuerpo, los dedos de más, la línea que no cierra. Una mascota ilustrada haría lo contrario, que es corregir todo eso.
Está escrito en código, no dibujado. Eso quiere decir que cada vez que se imprime sale distinto, como saldría si lo volviera a dibujar. Nunca hay dos iguales y no hay archivo maestro que haya que respetar.
Un niño no dibuja igual a los cuatro que a los ocho, y las etapas están documentadas. Aquí están las tres que sirven, porque son tres niveles de crudeza y hay que escoger uno. Cuanto más primitivo, más memorable y más riesgo de que se lea a descuido en vez de a intención.
Cabeza con brazos y piernas saliendo directo. No hay tronco. Es la figura humana más reducida que se sigue leyendo como persona, y por eso la más fuerte como signo.
Aparece el cuerpo, chiquito y pegado a la cabeza. Ya puede cargar cosas, que es lo que necesita esta marca. Es la que está puesta por defecto.
Línea de suelo y sol en la esquina. Gana contexto y pierde rareza; empieza a parecerse a cualquier ilustración infantil de despensa.
Aquí se juntan el personaje y la impresión. Colorear fuera de la raya y el registro corrido de una risográfica son el mismo accidente: el color y la línea no coinciden. Uno pasa porque el niño va rápido, el otro porque el papel no vuelve a entrar igual. La marca puede hacer de eso una regla en vez de un defecto.
Ninguno es el original y ninguno es una copia. Sirve para bolsas, etiquetas y publicaciones: en vez de repetir un archivo, cada pieza lleva su propio dibujo.